04 Abr
El Sexenio Democrático: Un Intento Fallido de Liberalismo (1868-1874)
El Sexenio Democrático o Revolucionario supuso el intento de implantación de un liberalismo democrático, en el que la participación política se extendiera a las clases medias y populares, pero no se acabaría logrando su objetivo. En él distinguimos diversas etapas bien definidas: la Gloriosa Revolución o Septembrina, el Gobierno Provisional, la Monarquía de Amadeo de Saboya y la Primera República.
Causas de la Revolución «Gloriosa»
Las causas del estallido de la “Gloriosa» derivan de las crisis económica y política que padeció España desde inicios de los 60.
Crisis Económica
Se manifiesta en una triple dimensión:
- Financiera: Caída de las acciones en Bolsa de las empresas ferroviarias y de Sociedades de Crédito como la “Catalana General” y el “Crédito Mobiliario Barcelonés».
- Industrial: Desplome de los textiles catalanes ante el alto precio del algodón a consecuencia de la guerra de Secesión de los Estados Unidos, lo que, unido a una reducción de la demanda de productos textiles, abocó al cierre de numerosas empresas.
- Subsistencias: Generada por las malas cosechas de 1867 y 1868.
Crisis Política
La muerte de Narváez en la primavera de 1868 no supuso un cambio en la situación, pues el nuevo presidente, Luis González Bravo, prosiguió en la misma línea de dura actuación política. Con la formación del gobierno provisional de Serrano el 8 de octubre de 1868 se inicia una nueva etapa del Sexenio Revolucionario.
El Gobierno Provisional (1868-1869)
El Gobierno Provisional, con el unionista Serrano como Presidente y los progresistas Prim y Sagasta a cargo de los Ministerios de la Guerra y de Gobernación, promulgó decretos que incluían algunas de las principales reivindicaciones populares: libertad de imprenta, de asociación, de enseñanza y de culto, sufragio universal masculino a partir de los 25 años, emancipación de los hijos de esclavas nacidos después del 17-IX, disolución de las órdenes religiosas fundadas en el país desde 1837 y convocatoria elecciones a Cortes Constituyentes.
La Regencia de Serrano (1869-1870)
De todos modos, la principal preocupación de la Regencia será encontrar un monarca para el trono español; tras barajar candidatos propuestos por las diversas fuerzas políticas, tales como el duque de Montpensier, el autotitulado Carlos VII, el futuro Alfonso XII, los portugueses Fernando y Luis de Coburgo, el prusiano Leopoldo de Hohenzollern o incluso el mismísimo Espartero, al fin el 16-XI-1870 191 de los 311 diputados votaron a favor del candidato preferido de Prim, el hijo de Víctor Manuel II de Italia Amadeo de Saboya.
La Monarquía «Democrática» de Amadeo de Saboya (1871-1873)
Amadeo llegó a España el 30-XII-1870, prestando juramento ante las Cortes tres días después. Por eso no es extraño que, si bien Amadeo se atuvo siempre a su papel constitucional, la inestabilidad política fuera la tónica general de la etapa, que comienza con Serrano en la presidencia, fuertes divergencias entre unionistas, demócratas y progresistas y la fractura de éstos en dos facciones encontradas: los constitucionalistas de Sagasta y los radicales de Ruiz Zorrilla, que abogaban por reformas más rápidas y profundas. Lógicamente, estos vaivenes debilitaban a un ejecutivo que debía responder a situaciones como la oposición de grupos como los alfonsinos de Cánovas del Castillo, el miedo a la extensión del obrerismo internacionalista tras la experiencia de la Comuna Parisina, el estallido en 1872 de la Tercera Guerra Carlista, el crecimiento del republicanismo o el rechazo de la jerarquía eclesiástica, que recelaba de Amadeo tanto por razones de índole política y económica -temían su posición a favor de la libertad de cultos y la separación total de la Iglesia y el Estado-, como personales, pues no debemos olvidar que era un Saboya, hijo de quien durante el proceso unificador de Italia se había enfrentado al Papado. Ruiz Zorrilla presentó a Amadeo el decreto de disolución del arma de Artillería; el rey, por respeto al ordenamiento constitucional, lo firmó sin estar de acuerdo con él, pero al mismo tiempo presentó su abdicación ante las Cortes. Al día siguiente se proclamaría la I República.
La Primera República (1873-1874)
Su primer presidente, Estanislao Figueras, formó un gobierno apoyado en dos grandes fuerzas políticas, los republicanos y los radicales, que pronto disentirán respecto al modelo de República que defendían, los radicales unitaria, en tanto que los republicanos preferían la convocatoria de elecciones para una Asamblea Constituyente que debería optar por la fórmula unitaria o por la federal.
En una España alborotada, alterada por el conflicto carlista y por graves disturbios provocados por los campesinos andaluces -sucesos de Montilla-, los reivindicativos obreros internacionalistas o por el intento de proclamación en Barcelona del Estado Catalán, las medidas gubernamentales no resultaron demasiado efectivas, a pesar del carácter populista de algunas de ellas, como la supresión de las quintas o la creación de los «Voluntarios de la República».
El aplastante triunfo de los republicanos federalistas, con un altísimo porcentaje de los sufragios emitidos, quedó empañado por la altísima abstención provocada por la no participación en los comicios de radicales, constitucionalistas, carlistas y alfonsinos.
La división del Parlamento entre federalistas, unitarios, liderados por Castelar, e intransigentes -con Orense y Barcia a la cabeza y mucho más radicales que los primeros- provocó que no se aprobaran numerosos proyectos legislativos, entre ellos el texto constitucional redactado por Castelar que establecía una República Federal compuesta por diecisiete Estados más varios territorios de ultramar, consagraba la separación entre la Iglesia y el Estado prohibiendo la subvención estatal a cualquier confesión religiosa e introducía el denominado poder de relación, que correspondía al Presidente de la República.
Su llamamiento encontró sus primeros ecos en ciudades como Cartagena o Sevilla, a las que pronto acompañaron otras muchas poblaciones que se declararon Estados independientes, hasta convertir el cantonalismo en una expresión radicalizada tanto del federalismo como del obrerismo.
También fue complicada la gestión del ejecutivo por la conflictividad social y el agravamiento del conflicto carlista, generalizado en el País Vasco, Cataluña y el Maestrazgo y complicado con las campañas victoriosas del general Dorregaray y el establecimiento en Estella del pretendiente Carlos VII en el mes de agosto, ciudad desde la que dirigiría en las semanas siguientes una serie de acciones victoriosas, como la batalla de Montejurra.
Otro intelectual, el catedrático krausista Nicolás Salmerón, llega a la Presidencia. Federalista moderado, sus primeras decisiones pretenden frenar el avance carlista y contener el movimiento cantonal, que ya se extendía a todo el Levante, Andalucía y algunos puntos de la Meseta. También se reprimirán la mayoría de los de la Meseta, en tanto que el cartagenero queda reducido a la base naval, y se detendrá a los principales responsables del sindicalismo internacionalista; pero este giro hacia el autoritarismo desprestigia a Salmerón, que deja su puesto el 5-IX en manos de Emilio Castelar. Es entonces cuando el miedo a un posible retorno de la República federal a la que se oponían los principales mandos militares, les impulsa a un golpe de efecto: el 3-I-1874 el Capitán General de Madrid, Manuel Pavía, ocupaba el hemiciclo y disolvía la Asamblea cuando ésta votaba el acceso de Eduardo Palanca a la presidencia; tras el golpe de Estado el veterano Serrano regresa de un breve exilio en Biarritz para asumir el poder ejecutivo. No eliminará formalmente la República como forma de gobierno, aunque poco queda del espíritu de ésta en manos de un gabinete de concentración integrado por radicales, constitucionalistas, militares alfonsinos y un republicano unitario, el ministro de Gobernación Eugenio García Ruiz. Tras decretar la disolución de las Cortes hasta una nueva convocatoria, poco después, aunque mantenía la Jefatura del Estado, desgajaba de sus competencias la Presidencia del Gobierno, primero desempeñada por el general Zabala y desde septiembre por Sagasta. Aunque teóricamente restableció la Constitución de 1869, de modo inmediato retrasó la entrada en vigor de la misma; respecto a los asuntos militares, sometió como ya señalamos al cantón de Cartagena –dirige a las tropas vencedoras el general López Domínguez- y logra con su intervención personal y la de otros generales como Martínez Campos o Gutiérrez de la Concha, reducir en buena parte el peligro carlista.
Fin del Sexenio: Restauración Borbónica
En los últimos meses de 1874 la mayoría de los mandos militares se inclinan por la solución alfonsina, coincidiendo con el éxito de los planes de Cánovas, que había ido captando numerosos apoyos para esta causa; por inspiración del mismo Cánovas el 1-XII de aquel año el príncipe Alfonso hacía público desde la sede de la Academia Militar británica el Manifiesto de Sandhurst, en el que se declaraba legítimo representante de la monarquía española y, afirmando su carácter católico y liberal, proclamaba su disposición a asumir los deberes de la corona. Finalmente el 29-XII-1874 el Capitán General de Valencia, Arsenio Martínez Campos, dirigía en Sagunto un pronunciamiento a favor de Alfonso secundado por numerosas guarniciones. Serrano dimite y dos días después Cánovas, el político que desde 1869 más había trabajado por la causa de Alfonso de Borbón, a pesar de que los sucesos se habían producido de modo más acelerado que el que había planeado, formaba un Ministerio-Regencia, a la espera del regreso a España del futuro Alfonso XII.
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